Nos sobran los motivos
Publicado el Sábado 31 diciembre 2011Aquel día no paré de dar vueltas esperando a que llegara el mensajero. Al final, a última hora de la tarde, sonó el timbre, firmé, me entregaron un envoltorio marrón. Y allí, frente al mismo MacBook Pro de aluminio con el que estoy escribiendo ahora, empezó todo. En aquel momento, cualquiera podía enamorarse de un mac en menos de un minuto: algo que arrancaba en 30 segundos, teclado retroiluminado, conector magnético, un sistema operativo con lo mejor de Unix, algo llamado Spotlight… Encender aquella máquina era algo mágico. Todo el mundo que la veía funcionar ponía la misma cara que años después pondrían a ver un iPad, y que es la misma de que se nos queda al ver el truco de un ilusionista.

Apple consiguió sacarme esa sonrisa muchas veces más durante muchos años. Mi admiración por su concepción de la tecnología y la perfección de sus productos me llevó, junto a Reven, a empezar a escribir este blog. Hasta que de repente, un día, vi que las diferencias se recortaban, que las ideas empezaban a acabarse, que muchos problemas seguían sin solucionarse. Y empecé a sentirme prisionero. De una forma sutil, pero prisionero al fin y al cabo.
Los productos de la manzana me siguen pareciendo excelentes. Si mañana tuviera que comprarme un ordenador elegiría otro mac, si tuviera que comprar un teléfono elegiría otro iPhone, y si necesitara un tablet elegiría un iPad. Pero sé que ninguno de estos tres productos me va a sorprender como me sorprendió este MacBook Pro hace cinco años.
El software también me inquieta. Hace ya muchos años Apple no dudó en pegarse un tiro en el pie empeñada en mantenerse su hardware aislado del resto del mundo. Hoy parecen querer hacer lo mismo con el software, y esta película ya la he visto. Hace también muchos años, los usuarios abrazaron Microsoft Office porque era un producto razonablemente bueno, aunque no repararon en que el formato cerrado de los documentos de Office significaba, de hecho, un largo cautiverio. Muchos lo lamentarían años después. La Apple de hoy me recuerda, cada vez más, a la Microsoft de 1997, y a su delirante carrera para convertirse en la empresa más odiada por sus usuarios a costa de querer encerrarles en una jaula. La jaula de Apple, de momento, es de oro, y por eso a muchos no nos importa. Pero nos arrepentiremos.
Apple ha perdido su magia, al menos para mi, y ya no me siento motivado a seguir escribiendo un blog sobre lo que para mí es, al fin y al cabo, una compañía más. La muerte de Steve Jobs, en medio de mi desencanto hacia la manzana, fue una triste noticia y la última señal, unida a la salida de unos cuantos directivos de la compañía, de que un ciclo se acaba. Nosotros acabamos con él. Muchas gracias a todos por seguirnos durante estos años tan irregulares.
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